Mi primer contacto con la histeria masculina fue a la tierna edad de 15 añitos. Tan pequeñita yo, buscando mi príncipe azul, estrenando ilusiones y llegó un nuevo compañerito a la escuela a enseñarme cómo es qué funciona la cosa…
Se llamaba – se llama porque quedó vivo- Pablo, venía desde Rosario, hincha de Newell’s Old Boys , parecido a Keanu Reeves, o sea una belleza exótica, portaba una cicatriz en la cara producto de alguna travesura infantil por lo que pronto, se ganó el apodo de Scarface por parte de los envidiosos compañeros de siempre que sintieron su territorio invadido por un extraño que acaparaba todas las miradas femeninas, menos las mía, que estaba demasiado ocupada en olvidar al primer amor que me había dejado por otra, que era fea, antipática, aburrida y tetona.
Con mi autoestima devaluada, penando por mi orgullo herido no me dí cuenta que Pablo me miraba durante toda la jornada de clases de una manera descarada hasta que me avisó una compañera. Ahí fue cuando me percaté de su existencia y además de respirar y mirarme sin decirme nada all time , el muchachito se habia vuelto el especimen más codiciado del alumnado femenino. Estaban todas locas por él, lo acosaban constantemente con preguntas sobre su vida en Rosario, su pasado, presente y futuro amoroso o su habilidad para las matematicas o los deportes.
A mí me quedaban sus miradas silenciosas porque con mi pasado de seducida y abandonada no tenía la suficiente valentía para preguntarle:
- ¿Qué mirás, te conozco, te debo algo? como para romper el hielo agresivamente, que era la única manera que se me ocurría de defenderme del mirón.
Los días iban pasando y saber que él, con su insistente mirada que yo no podía descifrar, me motivaba en las clases de contabilidad, me esmeraba en peinarme como la preceptora mandada y mejoraba mi asistencia. No iba a faltar ni aunque fuera el fin del mundo, imaginense si no iba a clases y justo ese día el había tomado la decisión de hablarme. Sí de hablarme, porque él sólo me miraba, no me hablaba.
El anoréxico diálogo entre nosotros empezó cuando los varones de mi curso lo dejaron de sentir peligroso y lo integraron y se resumía al Hola y beso al aire del saludo matinal antes de que tocara el timbre de entrada. Ya todos sabían que “algo” pasaba. Todos menos yo que jamás supe interpretar miradas y desde pequeña fuí de necesitar palabras y explicaciones pormenorizadas de las cosas. Una jodidita, bah…
Los demás, testigos silenciosos de ese te miro cuando no me mirás colaboraban con sus comentarios a incrementar esa tensión que existía entre nosotros a fuerza de miradas. Un día me cansé, me cansé de que me mirara sin decirme nada así que me di vuelta y con toda la valentía del mundo, alcé la voz lo suficiente como para que me escuchara desde su banco y le dije :
- ¿Tenés una hoja de calcar para prestarme? En esa época aún se calcaban mapas para memorizar países, ciudades principales, ríos y demás accidentes geográficos. El aula entera quedó hundida en un silencio funebre esperando la respuesta.
- ¡Vení a buscarla! me dijó desafiandome.
Y fuí y no sólo me hice de la hoja que no necesitaba porque tenía un bloc completo en mi mochila sino que nos pusimos a hacer los mapas juntos, mientras hablábamos de banalidades , compartíamos lápices y buscabámos volcanes en la Cordillera de los Andes. El resto siguió su vida y nosotros hicimos unos mapas excelentes pero lo bueno siempre se termina y con el timbre del recreo volvimos a nuestra relación con una variante que empezó a manifestarse poco después.
Pablo me miraba y si yo no me daba vuelta a retribuirle el desafío ante el aviso de mi compañera no encontraba cosa mejor que revolearme con un afiche, tirarme una birome y pedirme que se la alcanzara porque se le cayo o apuntarme y embocarme con la goma de borrar. Así fue como entendí la esencia del “porque te quiero, te aporreo”.
Un día, un compañero, Gabriel, con algo de madurez, tomó el toro por las astas y me encaró en el pasillo. Me pasó toda la data de lo enamoradísimo que estaba de mí, de que sino me declaraba su tierno amor era porque era tímido (sic) y trató de influenciarme a que fuera yo la que tomara la iniciativa. El espanto se apoderó de mí con tan sólo pensar esa posibilidad así que Gaby optó por tomar otras medidas para convencerme. Me torturó enviandome en secreto durante toda la mañana con las conversaciones via papelitos que tenía con Pablo sobre mí , mis encantos (¿?) y sus sentimientos que yo escondía en mi mochila para no traicionar a mi Celestino. Con las pruebas podía increparlo y eso era lo que iba a hacer pero al día siguiente.
Tocó el timbre del recreo, bajamos al patio y el grupo de compañeros fue desparramándosehacia lugares que les permitieran una vista privilegiada de los hechos hasta que quedamos solos los dos. El mirándome y yo sabiendo lo que sentía.
Pablo:
Tenemos que hablar
Liber:
Sí. Gaby me contó pero no sé si es verdad.
Pablo:
Si no estuvieramos en el recreo yo te daria un beso…
Liber:
Cuando podes darme un beso, no me hablas. Vos sólo me mirás.
Pablo:
¿Podemos empezar por ser amigos?
Liber:
¡Obvio!
Y así fue cómo empezamos a ser amigos, sin dejar de mirarnos en el aula, en los recreos, en las clases de educación física. Mil veces tuvo la oportunidad de darme ese beso pero jamás lo hizo; quizás, como decía Gaby, esperaba que lo encarara yo. Me arrepiento de no haberlo hecho pero sólo se lo pude decir cuando terminamos la escuela y me lo encontré de casualidad en la calle. Me invitó a salir, a hacer algo, nos pasamos los teléfonos pero nunca me llamó. Capaz que otra vez estaba esperando que fuera yo la que diera el primer paso pero esa vez que sí me hubiera animado no me interesó perder el tiempo en infinitas miradas, yo quería palabras…